Un, dos, tres, por mí

He descubierto una ruta más corta. Por eso es que en el colegio todos se sorprenden cuando me ven ahí sentado en medio del salón antes que todos y me muestran esas caras infladas y pensativas.

No me gustaba llegar temprano. Los que tienen esa fortuna de salir tarde son enviados a la coordinación y después hasta el fondo del salón y condenados a ver a lo lejos los mamarrachos que se van creando en el tablero verde. Pero ahora es distinto. Desde que supe que había más estudiantes en este colegio, en otros horarios, con otros profesores pero en el mismo salón, me intrigaron las marcas que iban quedando día tras día, señales de una riña, un corazón roto, una evaluación perdida, caricaturas, rayuelas. Es sencillo crear toda una secuencia de acciones con solo observar cada uno de los extremos y anotar en una pequeña libreta. Por eso ahora llego apresurado, saludo al celador, quien me deja entrar sin poner ningún problema y me lanzo a bucear mi salón de clases, pescando toda señal de vida.

Todo comenzó un jueves mientras me alistaba para la clase de matemáticas, cuando me encontré con esos labios rojos pintados en mi pupitre. Primero fueron dos que procedí a calcar sobre una de las hojas de mi cuaderno cuadriculado, sin prestar la suficiente atención cambié la hoja en ese momento pero después vino otra señal. Al siguiente día, junto a los labios rojos de mi pupitre se resaltaban dos del mismo tamaño y color a los que también calqué y guardé en mi cuaderno.

Se iban figurando una serie de preguntas y respuestas en mi cabeza, hasta que el martes de la siguiente semana por efecto de otros rastros, pinceles, oleos y correctores, los labios de mi pupitre se habían convertido en alas. Me gustaba pensar que todo era producto del tiempo y del aire que iba dejando marcas sobre este desbaratado ensamble de tablas. pero al siguiente día la señal fue distinta: en medio de los dos labios se encontraba pintado un esqueleto, lo cual daba la sensación de hallarse observando un ángel fantasmal, como si se tratara de una de esas piezas halladas en el fondo de la alberca o en las cajas de fósforos que terminan adquiriendo una identidad sagrada.

7 comentarios:

  1. Hola Jorge. Me parece que el cuento tiene un "problema de remate": cuando uno lo acaba de leer, siente que se terminó antes de tiempo, que está incompleto. Es como si no llenara las expectativas que la historia le genera a uno como lector. No sé tú que opinas, ésa fue mi impresión.
    Nos vemos en el taller.

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  2. Si es verdad, lo que suele suceder es que cuando arrancas la historia que da uno atrapado en ella y mucho más cuando este niño descubre la serie de señas dibujadas en el pupitre ahí sí que la saco del estadio son detalles que uno como lector espera que lo atraigan y que lo sometan al drama del hilar de la historia. Con respecto al final para mí, la próxima señal para el personaje seria un pequeño poema en donde se devele unas coordenadas y al lado una brújula y así que el llegue a descubrir la persona que constantemente le deja señuelos de vida. Saludos, Angelo.

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  3. Me gustó mucho la idea de las señales que se dejan y el manejo de la motivación del personaje - narrador. Al igual que mis doctos compañeros, no logro decodificar la última imagen por lo que me pierdo. ¿Qué pasaría si el cuento se llama "Un, dos, tres, cuclí por mí" y lo que ocurre con la imagen cambiante es que es el otro yo del niño anunciando su suicidio?

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  4. Es un fragmento. No hay final, ni indicios para que el lector lo arme.

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  5. wow, cómo te has rodeado de personas que saben de crítica... mi opinión??? Poco tendría que decir a la distancia, siempre es mejor verte la cara cuando de literatura se trata. Jasón

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  6. MARCAS, QUE VAN TEJIENDO LA HISTORIA.......Y FINALES QUE TEJE EL LECTOR

    SANDRA CABALLERO

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  7. alguien se estaba comunicando con él?

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