El esclavo

Ser el esclavo que perdió su cuerpo
para que lo habiten las palabras.
Llevar por huesos flautas inocentes
que alguien toca de lejos
o tal vez nadie. (Sólo es real el soplo
y la ansiedad por descifrarlo.)


Ser el esclavo cuando todos duermen
y lo hostiga el claror incisivo
de su hermana, la lámpara.
Siempre en terror de estar en vela
frente a los astros
sin que pueda mentir cuando despierten
aunque diluvie el mundo
y la noche ensombrezca la página.


Ser el esclavo, el paria, el alquimista
de malditos metales
y trasmutar su tedio en ágatas,
en oro el barro humano,
para que no lo arrojen a los perros
al entregar el parte.


Eugenio Montejo

1 comentario:

  1. Navegaciones

    De regreso en la noche,
    cuando los árboles en vela
    apagan una a una las lámparas
    y declinantes postigos se oscurecen,
    son más claros los hombres y sus pasos,
    más vivo su reflejo.

    Cada hombre es un astro, un cosmos habitado
    fijo en la rueda de la niebla.
    Cada uno en la noche retorna
    de altas navegaciones con un perro o un diario.
    Su mayor lejanía es de palabras,
    lo que a solas se dice, lo que queda
    flotando entre sus ecos.

    Algunos en sus órbitas se juntan
    y brillan un instante
    con un fulgor más denso.
    Algunos son visibles todavía
    al final de la calle,
    pero después desaparecen.

    EUGENIO MONTEJO

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